El pasado viernes 21 de septiembre, todo estaba preparado para el festival gratuito organizado por la MTV. Bajo el nombre de MTV Beach, se daban cita grupos de todos los estilos del panorama musical. El evento estaba dividido en dos días: El viernes, para música indie y electrónica; y el sábado, para acordes mucho más pop. La fiesta preparada por la cadena de televisión musical tuvo como emplazamiento la Explanada del Rey, cerca de la estación de Príncipe Pío.
Los conciertos comenzaron a las ocho de la tarde, tal y como estaba previsto en el horario facilitado por la organización. La gente comenzó a llegar de todos los puntos de Madrid, pero el aforo era limitado por lo que los asistentes que llegaron tarde y no pudieron acceder al recinto, empezaron a asentarse en la plaza del centro comercial de Príncipe Pío, dispuestos a pasar una noche de buen tiempo en compañía de amigos y alcohol.
Sobre las doce y media de la noche, comenzaron los disturbios. Un grupo de espectadores intentaron acceder al concierto, pero la seguridad del festival les denegó la entrada porque el aforo estaba completo desde hacía horas. En ese momento, enfadados por la decisión de la organización, comenzaron a lanzar botellas a la policía y a la seguridad que custodiaban la entrada.
Los lanzamientos de botellas se propagaron hasta la plaza del centro comercial, donde los que no pudieron entrar al festival bebían ajenos a lo que estaba pasando un poco más abajo. Con el sonido de los primeros cristales rotos, llegaron los estruendos de los disparos de los antidisturbios. La gente comenzó a correr en manada por el Paseo de la Florida sin saber muy bien qué estaba pasando, hasta que unos tomaron la iniciativa de ir por la Calle de Mozart.
Por aquél callejón estrecho la situación no era mucho mejor. Había que salir a otro barrio como fuese y sólo había desvíos al Paseo de la Florida, donde ardían ya los primeros contenedores e iluminaban la noche madrileña. Lo que había comenzado como una noche para salir por la capital, se convirtió en una carrera por evitar las cargas de la policía y los causantes del disturbio, que iban quemando contenedores y saltando de coche en coche a su paso.
Intentando llegar a un lugar seguro, el Parque del Oeste se abría a los jóvenes como un lugar donde poder parar y evaluar la situación. El Paseo de la Florida no era el mismo que hacía apenas dos horas. Toda la calle estaba iluminada por las llamas de los contenedores, el rojo de las sirenas de los bomberos y ambulancias y, como banda sonora, gritos, disparos y cristales rotos.
Una vez en el parque, todo se calmó de repente. La policía seguía muy arriba, esperando a los bomberos y ambulancias. Todo el mundo empezó a tranquilizarse y a comentar lo ocurrido. Pero sólo era la calma que precede a la tormenta. De la nada, empezaron a llegar los furgones de la policía y salían de ellos agentes dispuestos a acabar con el disturbio a base de porrazos y pelotas de goma. La gente, despavorida, empezó a correr en todas las direcciones, pero un grupo de tamaño considerable empezó a huir por el puente que cruzaba las vías del tren. Había mucha gente subiendo por el puente, que no parecía que fuese a resistir el peso de tantas personas.
Las dudas sobre cruzar el puente o no se disiparon en cuanto los antidisturbios comenzaron a golpear a los jóvenes que corrían hacia la pasarela. Una vez cruzado el puente, las acumulaciones de gente empezaron a dispersarse y al cabo de dos horas, todo parecía más tranquilo. Era el momento de volver atrás en el recorrido que había comenzado cuatro horas antes en Príncipe Pío y había acabado en el Parque del Oeste.
La noche se saldó con sesenta heridos, veinte de ellos policías, once detenidos y el un paisaje en el Paseo de la Florida que recordaba más a una calle de los suburbios de Damasco que a la de la noche madrileña. En Twitter las reacciones no se hicieron esperar. Con el hashtag #MTVBeach, los usuarios de esta red social comentaron los disturbios y publicaron fotografías y vídeos de lo que estaba pasando.
Los conciertos comenzaron a las ocho de la tarde, tal y como estaba previsto en el horario facilitado por la organización. La gente comenzó a llegar de todos los puntos de Madrid, pero el aforo era limitado por lo que los asistentes que llegaron tarde y no pudieron acceder al recinto, empezaron a asentarse en la plaza del centro comercial de Príncipe Pío, dispuestos a pasar una noche de buen tiempo en compañía de amigos y alcohol.
Sobre las doce y media de la noche, comenzaron los disturbios. Un grupo de espectadores intentaron acceder al concierto, pero la seguridad del festival les denegó la entrada porque el aforo estaba completo desde hacía horas. En ese momento, enfadados por la decisión de la organización, comenzaron a lanzar botellas a la policía y a la seguridad que custodiaban la entrada.
Los lanzamientos de botellas se propagaron hasta la plaza del centro comercial, donde los que no pudieron entrar al festival bebían ajenos a lo que estaba pasando un poco más abajo. Con el sonido de los primeros cristales rotos, llegaron los estruendos de los disparos de los antidisturbios. La gente comenzó a correr en manada por el Paseo de la Florida sin saber muy bien qué estaba pasando, hasta que unos tomaron la iniciativa de ir por la Calle de Mozart.
Por aquél callejón estrecho la situación no era mucho mejor. Había que salir a otro barrio como fuese y sólo había desvíos al Paseo de la Florida, donde ardían ya los primeros contenedores e iluminaban la noche madrileña. Lo que había comenzado como una noche para salir por la capital, se convirtió en una carrera por evitar las cargas de la policía y los causantes del disturbio, que iban quemando contenedores y saltando de coche en coche a su paso.
Intentando llegar a un lugar seguro, el Parque del Oeste se abría a los jóvenes como un lugar donde poder parar y evaluar la situación. El Paseo de la Florida no era el mismo que hacía apenas dos horas. Toda la calle estaba iluminada por las llamas de los contenedores, el rojo de las sirenas de los bomberos y ambulancias y, como banda sonora, gritos, disparos y cristales rotos.
Una vez en el parque, todo se calmó de repente. La policía seguía muy arriba, esperando a los bomberos y ambulancias. Todo el mundo empezó a tranquilizarse y a comentar lo ocurrido. Pero sólo era la calma que precede a la tormenta. De la nada, empezaron a llegar los furgones de la policía y salían de ellos agentes dispuestos a acabar con el disturbio a base de porrazos y pelotas de goma. La gente, despavorida, empezó a correr en todas las direcciones, pero un grupo de tamaño considerable empezó a huir por el puente que cruzaba las vías del tren. Había mucha gente subiendo por el puente, que no parecía que fuese a resistir el peso de tantas personas.
Las dudas sobre cruzar el puente o no se disiparon en cuanto los antidisturbios comenzaron a golpear a los jóvenes que corrían hacia la pasarela. Una vez cruzado el puente, las acumulaciones de gente empezaron a dispersarse y al cabo de dos horas, todo parecía más tranquilo. Era el momento de volver atrás en el recorrido que había comenzado cuatro horas antes en Príncipe Pío y había acabado en el Parque del Oeste.
La noche se saldó con sesenta heridos, veinte de ellos policías, once detenidos y el un paisaje en el Paseo de la Florida que recordaba más a una calle de los suburbios de Damasco que a la de la noche madrileña. En Twitter las reacciones no se hicieron esperar. Con el hashtag #MTVBeach, los usuarios de esta red social comentaron los disturbios y publicaron fotografías y vídeos de lo que estaba pasando.