Desde hace un
tiempo, ha aparecido una nueva en figura en la educación: El integrador social.
Su labor consiste en ayudar a los niños discapacitados en su día a día, tanto
en los colegios, como fuera de ellos.
Aitor, como cada mañana, se levanta pronto para ir
al colegio. Él ya no es alumno y al
acercarse a la escuela los niños le llaman “profe”, pero él tampoco es
profesor, o al menos no un profesor a la usanza. Llega a su clase y se pone a
trabajar con sus niños. A uno de ellos le está costando más que de costumbre
leer en los pictogramas las tareas del día. Aitor es integrador social.
“A decir verdad, la integración social nunca fue mi primera opción” confiesa Aitor, que eligió esta salida profesional cuando en junio de 2010 no pudo entrar en la carrera de Psicología porque no había obtenido la nota mínima de corte en la prueba de Selectividad. Aitor trabaja con niños con discapacidades mentales como el autismo o el TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo) y dice sentirse muy a gusto en su trabajo, aunque reconoce que “hay días muy duros, sobre todo cuando los niños se bloquean”.
Los niños autistas y con TGD muestran, dependiendo del niño, problemas a la hora de relacionarse con las personas y con el mundo que les rodea, y precisamente eso es lo que trabaja Aitor con ellos. Les enseña a través de juegos y acompañándoles a las demás clases (gimnasia, matemáticas, lengua, etc.) las habilidades sociales que a los chavales les faltan, además de ayudarles a reforzar las materias curriculares propias de los niños de entre siete y nueve años.
“Creo que nuestra ayuda es vital para que los niños, el día de mañana, puedan desenvolverse de la forma más natural posible” explica Aitor de manera reflexiva. Añade que el problema en la integración de estos niños está en que los niños autistas no entienden las normas y la gente “normal” no entiende que no lo entiendan por el simple hecho de que, a diferencia de otros síndromes, el autismo, el TGD o el síndrome de Asperger no tienen marcas físicas.
En el mismo colegio de primaria, trabaja María Barceló, profesora especializada en TGD. María empezó en el mundo de la integración social siendo asistente lingüística, pero hace ya nueve años, y con el apoyo de la jefa de estudios del centro, se animó a especializarse en el TGD. “Los padres juegan un papel muy importante para la verdadera integración de sus hijos” confiesa María, aunque, a veces, es difícil que los padres compaginen bien su vida laboral con toda la atención que requieren sus hijos, los padres de los alumnos de María “hacen el esfuerzo” y la comunicación es casi diaria gracias a las agendas de los niños.
“A decir verdad, la integración social nunca fue mi primera opción” confiesa Aitor, que eligió esta salida profesional cuando en junio de 2010 no pudo entrar en la carrera de Psicología porque no había obtenido la nota mínima de corte en la prueba de Selectividad. Aitor trabaja con niños con discapacidades mentales como el autismo o el TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo) y dice sentirse muy a gusto en su trabajo, aunque reconoce que “hay días muy duros, sobre todo cuando los niños se bloquean”.
Los niños autistas y con TGD muestran, dependiendo del niño, problemas a la hora de relacionarse con las personas y con el mundo que les rodea, y precisamente eso es lo que trabaja Aitor con ellos. Les enseña a través de juegos y acompañándoles a las demás clases (gimnasia, matemáticas, lengua, etc.) las habilidades sociales que a los chavales les faltan, además de ayudarles a reforzar las materias curriculares propias de los niños de entre siete y nueve años.
“Creo que nuestra ayuda es vital para que los niños, el día de mañana, puedan desenvolverse de la forma más natural posible” explica Aitor de manera reflexiva. Añade que el problema en la integración de estos niños está en que los niños autistas no entienden las normas y la gente “normal” no entiende que no lo entiendan por el simple hecho de que, a diferencia de otros síndromes, el autismo, el TGD o el síndrome de Asperger no tienen marcas físicas.
En el mismo colegio de primaria, trabaja María Barceló, profesora especializada en TGD. María empezó en el mundo de la integración social siendo asistente lingüística, pero hace ya nueve años, y con el apoyo de la jefa de estudios del centro, se animó a especializarse en el TGD. “Los padres juegan un papel muy importante para la verdadera integración de sus hijos” confiesa María, aunque, a veces, es difícil que los padres compaginen bien su vida laboral con toda la atención que requieren sus hijos, los padres de los alumnos de María “hacen el esfuerzo” y la comunicación es casi diaria gracias a las agendas de los niños.
Evaluando la situación
María
reflexiona sobre cómo llevan los padres el diagnóstico de sus hijos y comenta
que a los padres les cuesta mucho asumirlo porque “el TGD no es como el
Síndrome de Down, que desde que los niños nacen se aprecia que tienen rasgos
diferentes” y, sobre todo, tras ver que los primeros años de vida han sido
prácticamente normales. “Los padres piensan que sus niños son perfectos, que
están estupendo”, pero es que el TGD o el autismo no se empiezan a notar hasta
los tres o cuatro años, que es cuando comienzan a desarrollarse las funciones
sociales.
Los niños no saben nada. “Ellos saben que hay cosas que les cuesta, saben que vienen al aula de TGD porque necesitan ayuda con lengua, matemáticas; pero no saben que tienen una discapacidad. Solamente saben que les cuesta mucho hacer amigos o que no entienden cómo jugar”. En el aula de TGD enseñan a los niños a que todo el mundo es diferente. “Desde el cole, intentamos trabajarlo desde la normalidad. Les enseñamos que a cada uno nos cuestan unas cosas” cuenta María. En definitiva, según María, no se les explica porque “un niño de siete u ocho años no tiene capacidad para entender que tiene una discapacidad” y que ésta es para toda la vida.
“A veces, la familia no quiere que hablemos con sus hijos de ese síndrome o esa discapacidad” relata Amalia, la jefa de estudios del centro, aunque también hay familias que lo agradecen enormemente porque no se atreven o, simplemente, no saben cómo decirle a su hijo lo que le pasa.
Amalia, que lleva en la enseñanza de de 1986, comenta que hoy en día hay muchísimo más conocimiento sobre las discapacidades mentales. Antes simplemente eran retrasados mentales y se trataba casi todo con terapias de choque con electro shocks. “El conocimiento y las nuevas tecnologías son nuestra mejores armas”.
Los niños no saben nada. “Ellos saben que hay cosas que les cuesta, saben que vienen al aula de TGD porque necesitan ayuda con lengua, matemáticas; pero no saben que tienen una discapacidad. Solamente saben que les cuesta mucho hacer amigos o que no entienden cómo jugar”. En el aula de TGD enseñan a los niños a que todo el mundo es diferente. “Desde el cole, intentamos trabajarlo desde la normalidad. Les enseñamos que a cada uno nos cuestan unas cosas” cuenta María. En definitiva, según María, no se les explica porque “un niño de siete u ocho años no tiene capacidad para entender que tiene una discapacidad” y que ésta es para toda la vida.
“A veces, la familia no quiere que hablemos con sus hijos de ese síndrome o esa discapacidad” relata Amalia, la jefa de estudios del centro, aunque también hay familias que lo agradecen enormemente porque no se atreven o, simplemente, no saben cómo decirle a su hijo lo que le pasa.
Amalia, que lleva en la enseñanza de de 1986, comenta que hoy en día hay muchísimo más conocimiento sobre las discapacidades mentales. Antes simplemente eran retrasados mentales y se trataba casi todo con terapias de choque con electro shocks. “El conocimiento y las nuevas tecnologías son nuestra mejores armas”.
La ciudad se preocupa
En la ciudad
de Fuenlabrada existen multitud de centros y asociaciones para niños
discapacitados. De todos ellos, el más longevo es el de la asociación ASPANDI
que lleva funcionando desde 1987. Mila Sánchez es integradora social y fue
voluntaria en la asociación el pasado verano.
“Me sorprendió muchísimo ver cuánta gente venía a la asociación” comenta Mila, valorando su experiencia de voluntaria. A pesar de estar acostumbrada a trabajar con niños discapacitados, recuerda que al principio “sentía un poco de corte cuando no conseguía entender a uno de los niños con Síndrome de Down”. También reconoció que había niños que eran perfectamente normales, a pesar de que ella sabía que tenían una discapacidad.
Mila cree que Fuenlabrada es una ciudad que se preocupa por el bienestar de sus habitantes discapacitados y dependientes, “aunque debería haber más servicios para los niños porque también necesitan relacionarse con niños discapacitados para que entiendan que lo que les pasa también es perfectamente normal”.
La sociedad avanza cada día más en los ámbitos de la integración real de las personas discapacitadas, pero Mila opina que la sociedad entiende la discapacidad a medias. “Todos, a nivel teórico, sabemos qué es la discapacidad, que hay que echar una mano, pero no somos conscientes y menos con los alumnos a los que no se les ven rasgos físicos de discapacidad”. Sin embargo, Mila reconoce que la gente admira su profesión porque es una tarea “difícil y a la vez necesaria, pero que aporta una satisfacción enorme”.
“Me sorprendió muchísimo ver cuánta gente venía a la asociación” comenta Mila, valorando su experiencia de voluntaria. A pesar de estar acostumbrada a trabajar con niños discapacitados, recuerda que al principio “sentía un poco de corte cuando no conseguía entender a uno de los niños con Síndrome de Down”. También reconoció que había niños que eran perfectamente normales, a pesar de que ella sabía que tenían una discapacidad.
Mila cree que Fuenlabrada es una ciudad que se preocupa por el bienestar de sus habitantes discapacitados y dependientes, “aunque debería haber más servicios para los niños porque también necesitan relacionarse con niños discapacitados para que entiendan que lo que les pasa también es perfectamente normal”.
La sociedad avanza cada día más en los ámbitos de la integración real de las personas discapacitadas, pero Mila opina que la sociedad entiende la discapacidad a medias. “Todos, a nivel teórico, sabemos qué es la discapacidad, que hay que echar una mano, pero no somos conscientes y menos con los alumnos a los que no se les ven rasgos físicos de discapacidad”. Sin embargo, Mila reconoce que la gente admira su profesión porque es una tarea “difícil y a la vez necesaria, pero que aporta una satisfacción enorme”.
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